Durante décadas, la narrativa dominante sobre los orígenes de la humanidad sostuvo que los seres humanos modernos (Homo sapiens) surgieron de África y reemplazaron por completo a cualquier otra especie de homínido en su expansión global. Sin embargo, la revolución del ADN antiguo y la paleogenómica han desmontado ese modelo simplista: no los reemplazamos, nos mezclamos con ellos.

Las secuencias genéticas extraídas de fósiles de neandertales y denisovanos revelan una historia de migraciones solapadas, encuentros recurrentes e hibridación que ha dejado una impronta funcional en la biología de las poblaciones humanas actuales.

La quiebra del modelo de reemplazo puro

El punto de inflexión se consolidó con el borrador del genoma neandertal publicado por el equipo de Svante Pääbo. La secuenciación demostró que todas las poblaciones no africanas actuales conservan entre un 1% y un 2% de ADN de origen neandertal.

Este flujo génico ocurrió tras la salida principal de Homo sapiens fuera de África, calculada en algún momento de los últimos 70.000 a 50.000 años, probablemente en la región de Próximo Oriente. Al avanzar hacia Eurasia, los grupos de Homo sapiens se encontraron con poblaciones neandertales que llevaban cientos de miles de años adaptadas a las condiciones biogeográficas del Paleolítico euroasiático.