Así como los países imponen o estudian políticas para desalentar la ingesta de sal, alcohol o bebidas azucaradas, también deberían contemplar tomar medidas para procurar que disminuya el creciente consumo de carnes en el mundo. Al menos así lo aseguran investigadores de la Universidad de Oxford, Reino Unido, quienes sugieren que esa mediación pública sería necesaria para preservar la salud de las personas y del ambiente.

En un trabajo de revisión de resultados de investigaciones publicado en la revista “Science”, los especialistas argumentan que las agendas alimentarias de los gobiernos podrían eventualmente incluir un control en el suministro de carne, cuyo consumo global ronda los 120 gramos/diarios (de los cuales un tercio corresponde a cerdo y aves de corral, y un quinto a carne de vaca). La cantidad que se ingiere en el planeta aumentó más de seis veces desde la década del ’60, en comparación con el incremento del 250% de la población global en el mismo lapso.

Peter Scarborough, profesor en la Universidad de Oxford y uno de los autores de la investigación, advierte que es crucial que los gobiernos estén preparados para aceptar limitaciones ambientales en sus recomendaciones dietarias, y por lo tanto desmotivar la consumición de alimentos de origen animal. “Si bien no creo que las sugerencias de un gobierno afecten los comportamientos de la gente directamente, esto abriría la puerta a intervenciones a gran escala orientadas a la reducción del consumo de carne, como pueden ser las restricciones publicitarias”, sostuvo el doctor en salud pública en diálogo con la Agencia CyTA-Leloir.

De acuerdo con su análisis de la literatura, la producción y consumo de carnes se asocia con diversas enfermedades crónicas (como el cáncer colorrectal) y diversos efectos negativos sobre el calentamiento global y la biodiversidad.

Los investigadores sostienen que el mecanismo de toma de decisiones del consumidor puede ser influenciado con mediaciones que lo afecten tanto a nivel consciente como inconsciente. En el primer caso, medidas tales como etiquetar productos en base a criterios saludables o ambientales, o subir los impuestos de ciertos comestibles, pueden resultar efectivas. Por otro lado, la localización de los alimentos en el lugar de compra es un método que puede afectar inconscientemente la conducta del individuo. Posicionar los productos de origen animal detrás de las opciones vegetarianas, o disminuir el tamaño de las porciones de platos basados en carnes en los restaurantes, pueden ser modos prácticos de modificar hábitos sin la necesidad de que haya una elección consciente.