El Ártico se está calentando entre dos y tres veces más rápido que la media del planeta por el cambio climático. Las consecuencias las sufren, entre otras muchas especies, las belugas, de las que ya hay evidencias de que estarían buceando más a menudo y a más profundidad para comer. Para saber si estos cetáceos podrán adaptarse, hay que estudiar en detalle su fisiología, algo muy difícil en el medio natural. Investigadores de la Fundación Oceanogràfic, en Valencia, España, lideran un trabajo internacional que mide por primera vez la capacidad respiratoria de las belugas, gracias a la participación voluntaria de nueve de estos animales en tres centros oceanográficos en Valencia, Tejas (Estados Unidos) y Vancouver (Canadá). El trabajo se publica en la revista académica Respiratory Physiology & Neurobiology.

“Es la primera vez que disponemos de información detallada sobre la respiración de las belugas”, explica Andreas Fahlman, investigador de la Fundación Oceanogràfic y primer firmante del estudio. “Nos ayuda a entender su fisiología, su comportamiento en condiciones normales y, por tanto, nos permitirá detectar cuándo los animales están sometidos a condiciones de estrés o enfermos”.

“Esta información es una pieza esencial del puzle, si queremos saber si las belugas pueden invertir más energía en buscar alimento en un contexto de cambio climático”, añade Fahlman, autor de gran parte de los escasos trabajos publicados sobre función respiratoria en cetáceos.

Las belugas (Delphinapterus leucas) son cetáceos dentados -odontocetos- adaptados a vivir en un mar helado. Son totalmente blancos, con un sistema de ecolocalización -un radar- muy sensible con el que encuentran respiraderos en la placa de hielo. Pueden bucear en apnea a más de 700 metros, para alimentarse sobre todo de peces, crustáceos y otros invertebrados del fondo marino. Su posición en la cadena trófica los convierte en centinelas de la salud de todo el ecosistema y, por tanto, en indicadores del impacto del cambio climático en la región ártica.