Poco después de crearse el universo con el Big Bang, empezaron a formarse las primeras estrellas, compuestas de hidrógeno y helio virtualmente puros. Las propiedades de estas estrellas de primera generación, catalogadas como «estrellas de Población III», fueron muy diferentes de las que tienen estrellas como nuestro Sol y cualquier otra de las estrellas formadas después del nacimiento de esa generación.

 

Esas primeras estrellas fueron esencialmente las primeras en crear los elementos químicos más pesados que el hidrógeno y el helio. También fueron muy importantes para la formación de las generaciones posteriores de estrellas y para la formación de galaxias.

 

Típicamente, las primeras estrellas eran gigantescas en tamaño y en masa y con temperaturas elevadísimas, características que inevitablemente hacen que la vida de la estrella sea muy breve, de tan solo unos pocos millones de años como mucho.

 

Detectar estrellas de primera generación es muy difícil. Como la estrella típica de esa clase tiene una vida tan corta, ya no debe existir ninguna, y el único modo de observarlas es mirar lo más lejos posible, a tantos años-luz de distancia como años han transcurrido desde su muerte. Solo de este modo es posible ver la estrella tal como era cuando existía. Esto, sin embargo, acarrea la lógica dificultad de poder distinguir una estrella situada tan lejos, a miles de millones de años-luz.

 

Algunas observaciones han captado aparentes estrellas de esa clase, pero hay fuertes dudas de que sean tal cosa.