Floraciones de cianobacterias tiñeron el agua en distintos puntos de la cuenca del Paraná a causa de múltiples factores, la mayoría humanos. Mientras se analiza el potencial toxicológico de estos microorganismos, investigadores y comunidades isleñas advierten un alto grado de abandono de la cuenca y una dificultad, cada vez mayor, de garantizar el acceso al agua segura.

 

A fines de 2020, las costas de los municipios de Tigre, Berazategui, San Fernando, San Isidro y Puerto Madero amanecieron de un color verde intenso. La población isleña alertó sobre el fenómeno y tomó las primeras muestras en colaboración con el grupo de Sensores Comunitarios (CoSensores), con las que lograron identificar la presencia de cianobacterias del género Microcystis, organismos muy antiguos que componen un tipo de plancton fotosintetizador y que pueden ser potencialmente tóxicos para quienes dependen del agua del río.

 

“Las floraciones están promovidas por una multiplicidad de factores humanos”, dijo a la Agencia CTyS-UNLaM la investigadora Inés O’Farrell, integrante del Instituto IEGEBA (CONICET-UBA) de Argentina y una de las científicas encargadas de tomar las primeras muestras del agua junto a integrantes de la Autoridad del Agua (ADA) y de AySA, a pedido de la Municipalidad de Tigre en Argentina. En este informe, distintos investigadores y habitantes de las comunidades afectadas revelan el carácter social y político de una problemática que se presume ambiental.

 

“Tenemos actividades agropecuarias en las que usamos excesos de fertilizantes y de herbicidas como el glifosato que, en su molécula, tienen mucho fósforo. Al ir aumentando el nitrógeno y el fósforo de los sistemas, hay mucha cantidad de nutrientes disponibles en el agua que las cianobacterias aprovechan para desarrollarse y florecer”, amplió la experta, en sintonía con las denuncias de vecinos del Observatorio de Humedales del Delta: “Estos hechos nos tienen que permitir recuperar una mirada integral sobre el ambiente que, por un lado, nos permita mirar sobre qué pilares está parado este modelo de desarrollo”.

 

O’Farrell comenzó a estudiar las cianobacterias a mediados de los años ochenta y detectó que, desde entonces, las actividades humanas y el cambio climático fueron generando cada vez mejores condiciones para que estas especies acuáticas conquistaran nuevos entornos.

 

En principio, que se las vea río abajo en una de las cuencas más importantes de América Latina es el primer indicio de un desbalance, porque se trata de microorganismos característicos de embalses y cuerpos de agua con escaso movimiento, “lentificados”, que les permiten moverse del lecho a la superficie dominando el viaje.

 

“Actualmente –señaló O’Farrell- el Paraná está con una bajante histórica y, como las lluvias recién se esperan para el comienzo del otoño, el río tiene y tendrá muy poco agua, lo que favorece que los sólidos en suspensión decanten y el agua se torne más transparente”. A las condiciones de luz y quietud, se le suma la gran cantidad de nutrientes vertidos al río por la agroindustria, tres condiciones fundamentales para que estos microorganismos florezcan en gran cantidad.

 

Además, las cianobacterias cuentan con un arsenal de toxinas que favorecen su capacidad adaptativa, y que, en contacto con mucosas, pueden producir cefaleas, afecciones intestinales y respiratorias y, en casos de ingesta, posibilidad de daño hepático, en riñones, pulmones o hasta en el cerebro.

 

“Hay un ingreso de nutrientes inmenso porque prácticamente no hay plantas de tratamiento en las ciudades sobre el Paraná, ni en muchas ciudades ubicadas sobre las lagunas pampásicas o sobre el río Uruguay”, alertó la experta.