Las fuentes astronómicas cuyas propiedades nos permiten medir sus distancias se conocen como “velas estándar”.
La clase más conocida es la supernova de “tipo Ia”, que se produce cuando una enana blanca muere al rebasar el límite de acreción de material absorbido de su estrella compañera, generando una espectacular explosión de brillo predecible. Este brillo permite a los astrónomos identificar su distancia. A finales de la década de los noventa, la observación de este tipo de supernovas reveló que el universo llevaba varios miles de millones de años expandiéndose de forma acelerada.
“El uso de los cuásares como velas estándar tiene un gran potencial, ya que podemos observarlos a distancias mucho mayores que las supernovas de tipo Ia y, en consecuencia, podemos emplearlos para estudiar épocas mucho más antiguas en la historia del cosmos”, explica Elisabeta.
Al disponer ahora de una muestra representativa de cuásares, los astrónomos han puesto este método en práctica, y los resultados son, cuando menos, curiosos.
Buceando en el archivo de XMM-Newton, recopilaron datos de rayos X de más de 7.000 cuásares y los combinaron con observaciones en el ultravioleta procedentes del proyecto Sloan Digital Sky Survey. También utilizaron un nuevo conjunto de datos obtenidos específicamente con XMM-Newton en 2017 para estudiar cuásares muy lejanos, observando cómo eran cuando el universo apenas tenía 2.000 millones de años. Por último, complementaron los datos con un pequeño número de cuásares aún más distantes y otros relativamente cercanos, estudiados con los observatorios de rayos X Chandra y Swift de la NASA.














