Un grupo de chimpancés patrulla en silencio absoluto el límite de su territorio. Al divisar a un macho solitario de un grupo vecino, se abalanzan sobre él, lo inmovilizan y lo golpean brutalmente durante minutos hasta causarle la muerte. En el fondo del océano, un delfín mular embiste a una marsopa sin intención alguna de comérsela, causándole heridas mortales por puro juego o frustración. Y en el aire, un tordo cabecicafé deposita su huevo en el nido de otra especie y, si los dueños originales lo rechazan, regresa más tarde para destruir la nidada completa en lo que los biólogos llaman una «táctica de la mafia».

Frente a estos comportamientos, la tentación de etiquetar a estos animales como «malvados» o «crueles» es casi irresistible. Sin embargo, ¿existe realmente la maldad en el reino animal o se trata simplemente de un espejismo proyectado por nuestra propia moralidad?

Para la ciencia, la respuesta corta es que la maldad, tal y como la definimos los seres humanos, no existe en la naturaleza. No obstante, los mecanismos biológicos, evolutivos y cognitivos que impulsan estos actos son infinitamente más complejos de lo que imaginamos.

El filtro de la evolución: Por qué la naturaleza parece cruenta

En la ética humana, la maldad implica un componente fundamental: la intención deliberada de causar daño injustificado con plena conciencia de la diferencia entre el bien y el mal. Los animales no humanos carecen de este marco moral formal.

Lo que a ojos humanos parece crueldad sin sentido suele responder a exigencias evolutivas o presiones ecológicas concretas:

-El infanticidio como estrategia reproductiva: Cuando un nuevo macho dominante toma el control de una manada de leones o un tropel de langures, suele matar a las crías lactantes del antiguo líder. Aunque parezca un acto despiadado, esta conducta reduce el tiempo para que las hembras vuelvan a ser fértiles, permitiendo al nuevo macho transmitir sus propios genes antes de ser reemplazado.

-El parásito y la venganza: Los comportamientos depredadores o parasitarios —como las avispas parasitoides que devoran vivas a sus orugas hospedadoras desde el interior— responden a la supervivencia más estricta. La naturaleza optimiza la eficacia reproductiva, no el bienestar ajeno.

-Comportamiento territorial y competencia: La «guerra de Gombe» entre chimpancés, documentada por Jane Goodall en la década de 1970, demostró que primates muy cercanos genéticamente a nosotros podían planificar ataques y eliminar sistemáticamente a sus rivales para expandir su territorio y asegurar recursos.