Supongamos por un momento que deciden emprender un viaje cósmico en línea recta. Dejan atrás la Vía Láctea, superan el límite del universo observable y continúan avanzando de forma indefinida. Si el universo es verdaderamente infinito, la física teórica nos plantea una conclusión tan fascinante como escalofriante: tarde o temprano, se tropezarán con un planeta idéntico a la Tierra, donde una copia exacta de ustedes está leyendo este mismo artículo.
¿Es esto mera ciencia ficción o una consecuencia inevitable de las leyes de la naturaleza? Para responder a la pregunta de si un cosmos infinito exige la existencia de infinitos «clones» en regiones ultraperiféricas, debemos cruzar el puente entre la cosmología y la mecánica cuántica.
La tiranía de la combinatoria finita
El argumento central a favor de los dobles cósmicos se basa en un principio matemático y físico bastante robusto: las formas en que se puede organizar la materia en un espacio determinado son finitas, pero el espacio disponible podría ser infinito.
Pensemos en el volumen de nuestro universo observable (una esfera de unos 93.000 millones de años luz de diámetro). Dentro de ese espacio, o de cualquier región equivalente, la materia y la energía están cuantizadas. Esto significa que los átomos, electrones y partículas subatómicas no pueden disponerse de infinitas maneras; hay un número limitado de «configuraciones cuánticas» posibles.
El cosmólogo Max Tegmark, del MIT, estimó en sus famosos trabajos sobre el Multiverso que el número de formas distintas en que se pueden organizar las partículas en un volumen equivalente al de nuestro universo observable es un número inimaginablemente colosal, sí, pero finito.
Si metes un número finito de combinaciones en un contenedor que no tiene fin (un universo infinito), la probabilidad se convierte en certeza. Es el equivalente cósmico a lanzar un dado un número infinito de veces: estás obligado a repetir la misma secuencia de números una y otra vez. Por pura estadística, cada configuración posible de la materia —incluida la disposición exacta de átomos que da forma a tu cerebro, tus recuerdos y tu entorno— tiene que duplicarse. E infinitas veces.














