Por el espacio vuelan fotones de todo el espectro electromagnético, desde los de las frecuencias de radio más bajas hasta los de los rayos gamma de mayor energía. Por el espacio también vuelan otras partículas como los neutrinos y los rayos cósmicos, que recorren el cosmos a velocidades cercanas a la de la luz.
En realidad, los «rayos cósmicos» no son rayos (se les llama así por un convencionalismo de raíces históricas) sino pequeñas partículas, principalmente núcleos atómicos, que son acelerados hasta adquirir energías enormes. Los lugares donde se les acelera son, por lo que se sabe, los sitios en los que ocurren los fenómenos más violentos del universo, como supernovas, estrellas de neutrones en rotación (un tipo de estrella muerta) y las inmediaciones de agujeros negros (otro tipo de estrella muerta).
Sin embargo, ocasionalmente los rayos cósmicos tienen una energía muchísimo mayor de lo habitual. Esto se sabe desde 1962, pero desde entonces ha persistido el misterio sobre qué acelera de esa manera a tales partículas de energía ultraelevada. Algunas hipótesis que se han planteado, sin éxito, han sido la de que provienen de estallidos de rayos gamma, y la de que se generan en galaxias en las cuales se están formando nuevas estrellas a un ritmo extremadamente alto.
Ahora, un nuevo estudio puede haber resuelto este misterio de la astrofísica.
El estudio es obra de Domenik Ehlert y Foteini Oikonomou, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU), así como de Enrico Peretti, de la Universidad de la Ciudad de París en Francia.
La conclusión a la que han llegado estos científicos es que estas partículas de energía ultraelevada se deben a vientos generados por agujeros negros supermasivos.














