Las proteínas son las moléculas fundamentales de la vida y se utilizan en todo tipo de estructuras, desde el cabello hasta las enzimas (catalizadores que aceleran o regulan las reacciones químicas). Al igual que las 26 letras del alfabeto se combinan para formar tantas palabras como queramos, la vida utiliza 20 aminoácidos diferentes en una enorme variedad de disposiciones para fabricar millones de proteínas distintas. Algunas moléculas de aminoácidos pueden construirse de dos maneras, de modo que existen versiones especulares, como nuestra mano derecha con respecto a la izquierda, y la vida utiliza la variedad levógira (“zurda”) de estos aminoácidos. Aunque la vida basada en aminoácidos dextrógiros (“diestros”) presumiblemente funcionaría bien, las dos imágenes especulares raramente se mezclan en biología, una característica de la vida llamada homoquiralidad. El motivo por el que la vida eligió la variedad zurda en lugar de la diestra es un misterio.
El ADN (ácido desoxirribonucleico) es la molécula que contiene las instrucciones para construir y hacer funcionar un organismo vivo. Sin embargo, el ADN es complejo y especializado y “subcontrata” el trabajo de leer las instrucciones a las moléculas de ARN (ácido ribonucleico). La especialización y complejidad del ADN hacen pensar que algo más simple debió precederlo hace miles de millones de años durante la evolución temprana de la vida. Uno de los principales candidatos es el ARN, que puede almacenar información genética y construir proteínas. La hipótesis de que el ARN pudo preceder al ADN se denomina “Mundo de ARN”.
Si la teoría del Mundo de ARN es correcta, entonces quizá algo en el ARN hizo que favoreciera la construcción de proteínas zurdas en detrimento de las diestras. Sin embargo, una nueva investigación no respalda esta hipótesis, lo cual acrecienta el misterio de por qué la vida optó por las proteínas zurdas.
Este estudio lo ha realizado un equipo integrado, entre otros, por Irene Chen, de la Escuela Samueli de Ingeniería adscrita a la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), y Josh Kenchel, de la Universidad de California en Santa Bárbara, en Estados Unidos ambas.














