La nave espacial Voyager 1 de la NASA es el objeto de fabricación humana más alejado de nuestro mundo. Se halla ya a un día-luz de la Tierra, en el espacio interestelar. La nave partió de nuestro planeta en 1977 y desde entonces ella y su gemela la Voyager 2 han resistido las vicisitudes de su largo viaje sin retorno.

Cada Voyager obtiene la energía para sus sistemas de a bordo gracias a un generador termoeléctrico de radioisótopos que contiene plutonio, el cual emite calor que es convertido en electricidad. A medida que la carga de plutonio se va desintegrando, la producción de calor disminuye y las Voyager obtienen menos electricidad.

Esta disminución paulatina de potencia de su fuente de energía eléctrica y de calor, está obligando a los ingenieros de la misión a tomar decisiones drásticas para afrontar las situaciones de peligro que van presentándose.

Una de tales situaciones arriesgadas se produjo cuando, durante una maniobra de rutinaria y planificada el pasado 27 de febrero, los niveles de potencia de la Voyager 1 cayeron inesperadamente. Los ingenieros de la misión sabían que cualquier caída adicional de potencia podría activar un sistema de protección que, por su cuenta, apagaría componentes para salvaguardar la sonda, lo que requeriría que el personal de la misión llevase a cabo un proceso de reactivación que es muy largo y que conlleva sus propios riesgos.

El equipo de ingenieros de la misión Voyager tenía que actuar, desconectando un instrumento científico de la nave, antes de que ese sistema de protección se