Los neandertales y los denisovanos son los parientes evolutivos más cercanos a nosotros, los humanos anatómicamente modernos.

 

Los humanos anatómicamente modernos salieron de África hace unos 60.000 años. En Asia, coincidieron con los denisovanos, y de ese encuentro posiblemente surgieron enfrentamientos y colaboraciones, pero también diversos cruces. De hecho, aún a día de hoy los humanos modernos conservamos en nuestro genoma variantes genéticas de origen denisovano, que son testimonio de aquellos primeros acercamientos.

 

Ahora, un equipo liderado por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE), un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España y la Universidad Pompeu Fabra (UPF) en Barcelona, y por el Departamento de Medicina y Ciencias de la Vida (MELIS) de la UPF, ha identificado una de las huellas de la herencia genética de los extintos denisovanos más extendida en los humanos modernos. Los equipos de Elena Bosch, investigadora principal del IBE, y de Rubén Vicente, investigador principal del MELIS, han descubierto que esta adaptación genética pudo ayudar a las poblaciones ancestrales de sapiens a adaptarse al frío.

 

La variante observada, implicada en la regulación del zinc y con un papel en el metabolismo celular, podría también haber predispuesto a los humanos modernos a sufrir trastornos psiquiátricos como la depresión o la esquizofrenia.

 

Cómo la adaptación ha dado forma a la diversidad genética actual en las poblaciones humanas es una cuestión de gran interés en genética evolutiva.

 

A raíz de esta pregunta, el equipo de Elena Bosch identificó una variante adaptativa entre poblaciones humanas actuales en una región de nuestro genoma que presenta gran similitud al genoma de una población ancestral y extinta: los denisovanos.