Inmersos en una sociedad globalizada e interconectada, los jóvenes de hoy se enfrentan a una trayectoria vital más rica en experiencias y oportunidades, pero también más compleja y abrumadora. Ser joven puede ser estimulante, pero también alienante ante el vertiginoso avance de la tecnología, convertida en centro de gravedad alrededor del cual orbita su experiencia vivencial. Una experiencia que los algoritmos condicionan, miden y monetizan sin descanso ni reparos. Frente a este nuevo paradigma, las narrativas digitales se adaptan a la imperiosa necesidad de las plataformas de captar y retener la atención de los jóvenes. Los contenidos se someten así a la tiranía de lo superfluo, lo frívolo, lo insustancial y lo escueto, incluso de lo falso, mientras los likes y un nutrido elenco de emoticonos los ensalzan y legitiman colectivamente. En este contexto, se hace más apremiante que nunca reivindicar la cultura como una herramienta esencial de empoderamiento para la juventud y como un antídoto contra la manipulación digital.

Etimológicamente, la palabra latina «cultura» se refiere al «cuidado de la tierra» o «agricultura», si bien con el tiempo pasó a tener un sentido metafórico para describir «el cuidado o cultivo de la mente y del espíritu».  En la actualidad, sin embargo, son muchas las manifestaciones que acaban teniendo cabida bajo el paraguas de una concepción de la cultura excesivamente laxa y que suscita muchas veces posturas contradictorias. Así, por ejemplo, para algunos el fútbol puede ser considerado un fenómeno cultural de pleno derecho y una jugada de Messi bien podría equipararse a la categoría suprema de obra de arte. Para otros, sin embargo, el fútbol no va más allá de un deporte de masas que, si bien levanta pasiones, está lejos de elevar el espíritu hasta esas cotas de sublimación que solo el arte verdadero es capaz de alcanzar.