Parece poco probable encariñarse con unos robots cuyo aspecto no es en absoluto humano ni sofisticado, ya que son como armarios con ruedas, y cuyo trabajo es simplemente transportar equipamiento médico, alimentos u otras cosas de una parte del hospital a otra. Sin embargo, pacientes y familiares de pacientes en un hospital de Trondheim en Noruega, le han estado dedicando mucha atención a robots de esta clase que trabajan en el hospital, e incluso les atribuyen una personalidad.
Aunque no fueron diseñados como robots de compañía ni se intentó darles habilidades sociales, el caso es que como circulan por el hospital y hay gente en él, se ven obligados a interactuar con humanos, por regla general para pedirles a estos que se aparten cuando se interponen en su camino, y por ese motivo se les dio a los robots la capacidad de hablar.
Y ahí empezó el curioso fenómeno.
En vez de utilizar una voz noruega genérica, los responsables decidieron dar a esos robots de hospital una voz que utilizara el fuerte y distintivo dialecto local, además de un modo de hablar un tanto coloquial y rudo. Y el efecto psicológico para muchos pacientes y familiares de pacientes fue que súbitamente estas cajas de acero inoxidable, que rodaban por el hospital para transportar cosas, pasaron a tener personalidad.
La gente empezó a percibirlos como prepotentes y un poco groseros, pero divertidos.
Los niños que estaban siendo tratados en el hospital empezaron a jugar con ellos, tratando de encontrarlos e identificarlos.
El padre de un niño gravemente enfermo encontró un alivio momentáneo de su pesar al distraerse ante la interminable e ingenua batalla de un robot que ordenaba apartarse a objetos inanimados que obstaculizaban por completo su paso. El robot insistía una y otra vez (sin éxito, como es previsible) en ordenarles a los objetos que se apartasen para dejarle hacer su trabajo.
Como estas, hubo más anécdotas que también ilustraron el peculiar efecto social de los robots sobre la gente del hospital.














