Para la gran mayoría de los mamíferos y aves, el sexo está decidido desde el mismísimo instante de la fecundación. Un juego de azar cromosómico (como los famosos cromosomas X e Y en los humanos) sella el destino del embrión. Sin embargo, en el mundo de los reptiles, la naturaleza decidió probar una estrategia radicalmente distinta.
En muchas especies de tortugas marinas y cocodrilos, el sexo no está escrito en sus genes. Depende, literalmente, de la temperatura de la arena o de la hojarasca donde se incuba el nido.
Este fascinante mecanismo biológico, conocido científicamente como Determinación del Sexo por Temperatura (TSD, por sus siglas en inglés), es una de las adaptaciones más asombrosas de la evolución, pero también una de sus mayores debilidades ante la crisis climática actual.
La regla de oro: El termostato del nido
En los reptiles que presentan este mecanismo, existe una «temperatura pivotal» o crítica. Si el nido se mantiene exactamente a esa temperatura (que suele rondar los 29 °C o 30 °C, dependiendo de la especie), la nidada nacerá con una proporción equilibrada de 50% machos y 50% hembras.














