Una enorme pared rocosa se eleva sobre una pequeña meseta en la Alta Provenza, en el sur de Francia. A los pies del muro yacen algunas piedras sobre la hierba, aparentemente amontonadas al azar. Pero bajo ellas descansa la ceniza de un joven: era su lugar favorito, y su familia lo llevó allí para su descanso final. En Alemania, esto sería impensable.
En principio, rige la obligación de entierro en cementerio: quien muere debe ser sepultado en un cementerio autorizado, en un bosque funerario o en una zona lacustre designada. ¿Una urna en el propio jardín? Prohibido. ¿Esparcir al viento las cenizas de un ser querido? Tampoco está permitido.














