Todo comenzó cuando, al analizar observaciones realizadas años atrás por un telescopio, un astrónomo descubrió una estrella que se comportaba de forma muy extraña, aunque por lo demás era vulgar y anodina. La estrella, llamada Gaia-GIC-1, se encuentra a unos 11.000 años-luz de distancia de la Tierra. Se trata de una estrella que, por su clase y edad, es muy estable, como nuestro Sol, lo que significa que debería emitir una luz constante y predecible. Sin embargo, esta estrella comenzó a experimentar disminuciones temporales de brillo de manera caótica.
Antes de eso, la emisión de luz de la estrella era normal y estable. A partir de 2016, tuvo tres caídas de brillo. Y luego, alrededor de 2021, sus cambios bruscos se acentuaron todavía más.
Teniendo claro que esta desconcertante conducta no podía deberse a la propia estrella, Anastasios (Andy) Tzanidakis y James R. A. Davenport, ambos de la Universidad de Washington en la ciudad estadounidense de Seattle, investigaron el fenómeno hasta llegar a la conclusión de que los oscurecimientos en la luz de la estrella se deben a grandes cantidades de rocas y polvo pasando frente a la estrella, desde la perspectiva visual de la Tierra, a medida que este material orbitaba en su sistema solar. Según todos los indicios, esos escombros son el producto de una catastrófica colisión entre dos planetas.














