Nos encanta la tecnología. Morimos por estar siempre a la última, tanto como nuestra economía pueda permitirse. Disfrutamos sacando despacio ese gadget nuevo de su caja impecable, despegando las láminas de plástico protector con el trato exquisito, reverencial, que guardamos solo para nuestros objetos más preciados.  Admiramos su brillo, su tacto, sus curvas, y mostramos nuestro nuevo y reluciente dispositivo a todo aquel que se nos ponga por delante. Con cierta desgana pretendida, con falsa modestia, como si gracias a ese smartphone nuevo fuéramos más guapos, más listos, como si no lleváramos meses ahorrando para comprarlo.

¿Alguna vez te has parado a pensar qué ocurre con las toneladas de tecnología que el primer mundo desecha a diario? ¿Sabes dónde acaba la vida de los móviles viejos y las teles de culo gordo? Seguramente no: el brillo de lo nuevo nos desancla, automáticamente, de lo que queda atrás.

La mayoría de nuestra basura electrónica acaba en dos sitios. Dos enormes vertederos, dos pequeños infiernos, cada uno en una esquina del mundo y demasiado lejos como para que puedan quitarnos el sueño.

Uno de ellos es la ciudad de Guiyu, en Guandong, China, que lleva 20 años recibiendo residuos electrónicos. El sitio donde, de una forma u otra, cobran vida la mayoría de nuestros gadgets es también el que los recibe de vuelta cuando terminan su vida útil. Guiyu es el mayor basurero tecnológico de China, y aunque la fabricación y montaje de componentes electrónicos sea una industria del más alto nivel, su reciclaje y descomposición, definitivamente, es todo lo contrario. El apocalíptico paisaje de Guiyu muestra, hasta donde alcanza la vista, montañas de dispositivos electrónicos desechados entre rudimentarias chabolas callejeras a modo de taller, en las que los trabajadores, equipados solo con herramientas manuales, desmontan los componentes con métodos nada tecnológicos. Las bobinas de los transformadores se desenredan a mano para extraer el cable; las placas se introducen en hornos al rojo y se sumergen en ácido para conseguir escasas virutas de sus preciados metales.