Cada año, la lluvia de meteoros conocida como Táuridas ilumina el cielo nocturno desde finales de octubre hasta principios de noviembre. Esta lluvia periódica de meteoros recibe su nombre de la constelación de Tauro, el toro, desde donde parecen surgir estos meteoros.
Los meteoros, popularmente también conocidos como “estrellas fugaces”, son destellos y estelas de luz que aparecen cuando el polvo, las piedrecitas y los pedruscos provenientes del espacio se queman al entrar en la atmósfera terrestre y sufrir un intenso roce contra esta.
Las Táuridas son fragmentos procedentes del cometa Encke, que ha dejado un rastro de escombros orbitando alrededor del Sol. Dos veces al año, esta corriente se cruza con la órbita de la Tierra: una vez alrededor de Halloween, cuando las Táuridas son visibles por la noche, y otra vez en junio, durante el día. Los meteoros de junio, conocidos como Beta Táuridas, no se pueden ver en el cielo diurno a menos que sean bólidos excepcionalmente brillantes.
Pero ¿qué pasaría si entre las Táuridas hubiera objetos mucho más grandes y se acercaran demasiado a la Tierra?
Un nuevo estudio explora las probabilidades de que fragmentos mucho más grandes que los típicos de las Táuridas entren en la atmósfera terrestre y acaben impactando contra la superficie o estallando a poca altitud sobre ella. En ambos casos, ello podría provocar la destrucción de la zona afectada.
El estudio es obra de un equipo encabezado por Mark Boslough, de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, y del Laboratorio Nacional de Los Álamos, ambas instituciones en Estados Unidos.














