El futuro de las vacunas puede parecerse más a comer una ensalada que a recibir una inyección en el brazo. Unos científicos trabajan en la posible modificación de plantas comestibles como la lechuga para que, manteniendo su condición de comestibles, sean además fábricas de vacunas de ARNm.

La tecnología del ARN mensajero o ARNm, utilizada en vacunas contra la COVID-19, funciona enseñando a nuestras células a reconocer microorganismos nocivos y protegernos contra las enfermedades infecciosas que estos provocan.

Una de las limitaciones de esta nueva tecnología es que las vacunas deben conservarse a baja temperatura para mantener su estabilidad durante el transporte y el almacenamiento.

Si tiene éxito el nuevo proyecto del equipo de Juan Pablo Giraldo, profesor en la Universidad de California en Riverside, Estados Unidos, las vacunas de ARNm de origen vegetal (que se pueden comer) no sufrirían esa limitación, pudiendo ser almacenadas a temperatura ambiente.

Los objetivos del proyecto son tres: demostrar que el material genético necesario puede introducirse con éxito en la parte de las células vegetales donde se replicará, demostrar que las plantas pueden producir suficiente ARNm para competir con una vacuna administrada mediante la inyección tradicional y, por último, determinar la dosis adecuada.