Ha pasado el tiempo y aún palpitan en mí tantos recuerdos. Fueron aquellos días de febrero del año 2014 cuando la pesadilla sin retorno comenzó. No sabía que mi vida daría un giro de ciento ochenta grados y es que a mis 23 años de edad y con una vida tranquila, quizás rutinaria (entre ser madre, trabajar y estudiar). Desde entonces mis amaneceres se volvieron extenuantes. Ir a trabajar o al supermercado para hacer una larga fila y poder comprar algunos de los alimentos que comenzaban a desaparecer de los anaqueles. En eso se convirtió mi cotidiano vivir.
En casa la tensión y la desilusión se incrementaban día a día, tratando que mi pequeño hijo no percibiera la escasez. Junto a mi madre buscábamos la forma de rendir las cosas y no «gastar tanto», hasta llegar al punto de tener que elegir entre desayunar o almorzar para luego aguantar hasta la cena. Claro; si había algo para cenar.
Pasaron dos largos años en que la disminución de nuestra talla competía contra el alza del dólar. A pesar de ello, mi vientre comenzó a crecer debido a una nueva vida que florecía dentro de mí y una vez más mi existencia dio un giro. En medio de la crisis económica, la escasez y tener que abandonar mis estudios fueron pasando mis meses de gestación, habitando un país lleno de confrontaciones. Así nació mi segundo hijo.
No sé en qué momento comenzó, pero una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo y mente. Me rondaba un inquietante pensamiento: irme de mi amada patria. Pero, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿será lo correcto? Todas ésas interrogantes invadían mis noches.
Tratando de alejar las angustias con la ilusión de tener una vida medianamente normal, mi esposo y yo consolidamos nuestra relación. Pero sin tener una vivienda propia donde vivir, sin acceso al sistema de seguridad social y política habitacional, a un bajo salario que impedía satisfacer nuestras necesidades básicas, creando un abismo entre sobrevivir o tener calidad de vida lo cual nos llevó a ésta inesperada migración.
La travesía
En medio de abrazos y sollozos nos despedimos de nuestros familiares más cercanos en un viejo pero concurrido terminal de Caracas, junto a mi esposo, mis hijos de uno y ocho años de edad, más siete pesadas maletas y escasos recursos económicos. Iniciamos, así, nuestra larga travesía. En la mañana del 6 de Diciembre del año 2017 nos encontrábamos a sólo doce horas de la frontera con Brasil, un nudo en el estómago y emociones encontradas era todo lo que sentía, el riesgo de lo desconocido, la esperanza de encontrar una nueva vida pero la tristeza de abandonar aquello que tanto amamos, nuestra querida Venezuela.
Finalmente, llegamos a la abrasadora y moderna ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Nos encontramos con un país distinto a lo que se suele comentar, como que allí sólo hay un clima. No obstante, la ciudad de los anillos nos acogió y allí continuó nuestra aventura migratoria.
Radicarse en Bolivia no es nada barato. El trámite migratorio por persona oscila entre los 300 y 400 dólares americanos al cambio aproximadamente, sumado a ello; una cantidad de requisitos que muchas veces no se logran reunir. De ésta forma sólo mi esposo y yo logramos obtener nuestras visas de trabajo por un año y dejaríamos la de los niños para después.
Transcurrieron dos años y decididos a continuar mejorando nuestra calidad de vida nos dispusimos a migrar más al Sur, deseando encontrarnos con algunos de nuestros familiares que viven en Chile, producto del mismo éxodo venezolano. Justo cuando nos dirigíamos hacia ésa Nación, hubo una modificación en su normativa migratoria para la población venezolana, decidieron comenzar a exigir visas consulares para el ingreso de venezolanos a su territorio, lo que nos llevó a tener que quedarnos en el país de tránsito para ése momento: la Gran Argentina, país que a pesar de sus dificultades nos recibió sin restricciones demostrando que siguen siendo los amigos del mundo.














