Puede que la astronomía esté ahora en los albores de una nueva revolución tecnológica comparable a la de la invención del primer telescopio, gracias al surgimiento de los telescopios fluídicos, que solo pueden existir en ingravidez.
La tecnología convencional con la que se fabrican los componentes ópticos para telescopios es muy laboriosa y de manejo difícil. Cualquier pequeño defecto puede arruinar el trabajo. Y cuanto mayor es el telescopio, más se complica todo. Con las tecnologías actuales, la ampliación de los telescopios espaciales hasta aberturas superiores a unos 10 metros de diámetro no se ve viable. Un nuevo concepto de telescopio, en el que los componentes ópticos no serían sólidos sino fluidos, podría permitir crear un telescopio espacial con una apertura de nada menos que 50 metros de diámetro. La apertura de un telescopio óptico reflector se refiere al tamaño del espejo primario del telescopio, la superficie que recoge y enfoca la luz entrante.
Crear un telescopio espacial fluídico con una apertura de 50 metros es la meta del proyecto FLUTE (FLUidic TElescope) en el que trabajan la NASA (agencia espacial estadounidense) y el Instituto Tecnológico de Israel (Technion).
Los científicos del proyecto trabajan en la manera de conformar en el espacio los enormes espejos circulares fluídicos que tales telescopios necesitarán. Los telescopios reflectores con espejos más grandes recolectan más luz, lo que se traduce en un mayor poder escrutador, permitiendo ver objetos astronómicos distantes más detalladamente.














