Sugey De Jesús Ives recuerda poco sobre la belleza del cielo o el mar. A los nueve años perdió la vista. Una encefalitis viral dañó su nervio óptico y le impidió seguir disfrutando de la belleza de esas maravillas que el universo dispone para deleitar los ojos.
Dolorosamente, lo que sí recuerda a la perfección es todo lo que sintió aquel fatídico día en que se despertó con un dolor intenso de cabeza, fiebre muy alta, náuseas, vómitos y una fuerte molestia en el lado izquierdo que amenazaba con paralizarla. “Fue algo horrible, no podría describirte lo mal que me sentía”. Lo cuenta la dueña, no sólo de esta historia, sino de una perfecta dicción.
Llevarla al médico era lo que correspondía, y su madre Belkys Ives, así lo hizo. La llevó a varios centros médicos para dar con el diagnóstico de un problema de salud que mientras avanzaba le robaba la luz a Sugey. En ningún lugar la dejaban interna porque no le encontraban respuesta a lo que ella tenía. La casa siempre era el destino final.
“Un día, uno de los médicos me refirió a un neurólogo. Recuerdo que mi madre me llevó. Entramos y cuando el doctor vio algunos de los exámenes que me habían hecho, le dijo que debían internarme. No se me olvida que él me dijo que saliera a comer algo con una primita que me acompañaba. Cuando después veo a mi madre salir fría y sin fuerzas, sabía que algo pasaba, pero era muy chiquita y no comprendía que ese algo era peligroso”. Hace una leve parada en su relato al trasladarse a aquellos duros momentos.
Continúa de inmediato diciendo: “Después me enteré que el médico creía que era un temor o una masa que yo tenía en el cerebro, y que me estaba dañando la vista y casi paralizándome. Me hicieron tomografía y gracias a Dios, no salió nada de eso. Se determinó que se trataba de una encefalitis viral, y duré como 10 días interna. Por eso no quedé paralizada, aunque sí, con la vista atrofiada”. No se lamenta.
Tropiezos que dolían
Deja muy claro el amor y el respeto que siente hacia su madre. Le atormentaba saber lo triste que ésta se ponía cuando la veía caminar agarrándose de los objetos que podían sostenerla para que no cayera al piso. “Me preocupaba más mi mamá que lo que me estaba pasando. Yo solo quería dormir, pero a ella la entristecía el hecho de que siendo yo tan despierta en la escuela, tenía que dejar de ir a mis clases porque no veía”. Perdió cuatro años, desde1988 hasta 1992.
El solo hecho de saberlo, a cualquiera le enfría el alma, pero la valentía de Sugey no le permitió quedarse de brazos cruzados aun con tan poca edad. Ella fue quien convenció a su madre de que quería entrar a la escuela para personas con discapacidad visual. Había aceptación por parte suya, más no, por el lado de su progenitora.
En dos años ya sabía usar el método de lecto-escritura Braille, también conocido como cecografía por ser un sistema de puntos en relieve que facilita a las personas con discapacidad visual el acceso a la educación e información sin necesidad de ver. Fue ideado por Luis Braille, en 1825. La protagonista de este relato conoce al dedillo todos estos datos.
Ya con 13 años pasa a estudiar en un politécnico donde concluye, no sólo el séptimo y octavo, sino el bachillerato. En el año 2000 se gradúa con honores, y es escogida para dar el discurso de fin de año escolar, pero no en la escuela. Lo hace en el Palacio Nacional ante el entonces presidente Leonel Fernández. “Era la primera vez que le abrían las puertas d














