“La robótica me enseñó que no importa el problema, si nosotros nos disponemos a hacer eso, nosotros podemos lograrlo”, cuenta Charís Liriano, una niña de 11 años estudiante de la Escuela Primaria Francisco Arias que pertenece al proyecto Ciudad Santa María (Cisama).

Liriano es parte del equipo de robótica de Cisama, 6 niñas y 4 niños entre 10 y 15 años, que provienen de sectores empobrecidos como La Otra Banda, La Joya y La Barranquita de esta ciudad, pero que jugando han aprendido cómo los robots pueden mejorar la vida de las comunidades.

Meudy Monción, de 10 años, es otro de los miembros del equipo, su padre es electricista de vehículos y su madre es farmacéutica. Él cuenta que la primera vez que llegó a su casa a contarle a su familia su experiencia en las clases de robótica su padre le dijo: “yo no sé nada de eso, y qué es eso, yo tuve que explicarle qué era la robótica, las misiones y los atachmets”.