Una caricia cariñosa en un brazo, una mano posándose protectoramente en un hombro, un abrazo afectuoso… El tacto humano puede aportar calma, consuelo y una sensación de seguridad y de estar protegido. Cuando las células nerviosas de nuestra piel son estimuladas por el tacto, numerosas partes de nuestro cerebro se activan, provocando cambios inmediatos en la bioquímica de nuestro cuerpo. Se liberan hormonas y sustancias de señalización, entre ellas la oxitocina, que crea una sensación de bienestar y apego. En cambio, las videollamadas suelen dejarnos bastante fríos. Echamos de menos la cercanía y la conexión emocional que producen las reuniones en persona.
Más dramáticos son los casos en los que una de las personas separadas físicamente es menor de edad y las circunstancias que motivan la separación son de índole médica, como por ejemplo por tener su sistema inmunitario muy debilitado y verse en la necesidad de permanecer dentro de una sala aislada (una «burbuja»).
Un posible modo de lograr a distancia lo que ofrecen esas reuniones familiares en persona y con contacto físico viene de la mano de la tecnología.
Los tejidos textiles inteligentes hacen más envolvente la realidad virtual (inmersión virtual en un entorno ficticio) y la telepresencia (inmersión virtual en un entorno real pero distante) y permiten experimentar la sensación del tacto físico. Una película ultrafina que puede transmitir sensaciones táctiles es capaz de convertir virtualmente un tejido textil especial en una segunda piel.
A los niños que deben permanecer dentro de burbujas sin contacto físico con nadie debido a la debilidad de su sistema inmunitario, esta nueva tecnología les ofrece la posibilidad de sentir el contacto físico con sus padres y volver a experimentar la sensación de ser cogidos en brazos, abrazados y mimados.
Esta tecnología es obra de un equipo que incluye a Stefan Seelecke, Paul Motzki, Sipontina Croce y Lukas Roth, los cuatro de la Universidad del Sarre en Alema














