¿Es predecible la evolución? Un nuevo estudio ha tratado de responder a esta pregunta tomando como ejemplo las mutaciones bacterianas.

 

El estudio lo ha realizado un equipo internacional liderado por Alejandro Couce, del Centro de Biotecnología y Genómica de Plantas (CBGP) de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) en España.

 

El trabajo aporta datos nuevos y reveladores sobre la pregunta clásica en biología de si la evolución es totalmente aleatoria o por el contrario puede ser predecible. Lo hace analizando el comportamiento evolutivo de las bacterias y aprovechando las capacidades de análisis que las herramientas genéticas actuales permiten. Los resultados revelan que la evolución de las bacterias puede ser predecible a corto plazo, lo que abre puertas a los esfuerzos por anticiparse a la evolución de patógenos y plagas, así como a posibles aplicaciones biotecnológicas para su control.

 

En la investigación han participado también la Universidad de Paris (Francia), el Instituto Nacional de Salud e Investigación Biomédica (Francia), la Universidad Harvard (Estados Unidos), la Universidad de Michigan (Estados Unidos) y el Imperial College de Londres (Reino Unido).

 

El objetivo principal de los investigadores era estudiar si el efecto de las mutaciones es invariante a lo largo de la adaptación, o por el contrario muestra una gran dependencia histórica. Por ejemplo, si una mutación beneficiosa en el ancestro se convertía en perjudicial en los descendientes y viceversa.

 

“Responder dicha pregunta tiene implicaciones muy profundas, la mayor, ya adelantada, acerca de la predictibilidad de la evolución”, explica el Alejandro Couce, investigador de la UPM.

 

Para abordar dicho estudio, los investigadores, emplearon una reciente tecnología de ingeniería genética masiva que permite introducir cientos de miles de mutaciones en bacterias, y estudiar el efecto individual de cada una de ellas. “Esta tecnología permite explorar el efecto, ya sea bueno o malo, de todas las mutaciones posibles a lo largo de los 4 millones de letras del genoma bacteriano”, añade Couce.