La mayoría de las estrellas existen en sistemas binarios. De hecho, casi la mitad de las estrellas similares a nuestro Sol tienen al menos una estrella compañera. Estas estrellas emparejadas suelen diferir en tamaño, siendo a menudo una estrella bastante más masiva que la otra. Aunque se podría pensar que estas estrellas evolucionan al mismo ritmo, las más masivas suelen tener vidas bastante más cortas y atraviesan las etapas de la evolución estelar mucho más deprisa que sus compañeras de menor masa.
En la etapa de gigante roja, que experimenta una estrella cuando comienza a acercarse al final de su vida, el astro se expande hasta cientos o miles de veces su tamaño original. En los sistemas binarios con poca separación entre las estrellas, esta expansión es tan espectacular que las capas externas de la estrella moribunda a veces pueden engullir completamente a su compañera. A esta situación se la denomina “fase de envoltura común”, ya que ambas estrellas quedan envueltas en el mismo material.
La fase de envoltura común sigue siendo uno de los mayores misterios de la astrofísica. Los científicos se han esforzado por comprender cómo afecta a la evolución posterior de las estrellas el hecho de que compartan envoltura durante este periodo crítico. Una nueva investigación podría resolver este enigma.
Cuando las estrellas con una masa no demasiado grande completan su fase de gigante roja, vuelven a contraerse, esta vez hasta un diámetro muy inferior al que tenían antes de ser gigantes rojas. Como aún conservan bastante calor, pasan a brillar con un intenso color blanco. Debido a esos rasgos, se las llama “enanas blancas”. De todos modos, las estrellas en esta fase de su evolución ya no experimentan las reacciones nucleares que mantienen activas a las estrellas y por tanto se las puede considerar muertas.














