Es probable que muchas de las lunas de Saturno, de Urano y de Neptuno alberguen océanos de agua líquida bajo kilómetros de corteza helada. Dado que la vida tal como la conocemos requiere agua, estos océanos subterráneos y ocultos figuran entre los lugares más prometedores para buscar vida fuera de la Tierra.

Sin embargo, se sospecha que muchas de esas lunas actuales son conjuntos de restos reagrupados de antiguos satélites, formadas tras fragmentarse sus astros progenitores y volverse a unir en nuevos cuerpos esos escombros espaciales. Surge entonces una pregunta crucial: ¿esas colisiones destruyeron irremediablemente los posibles océanos subterráneos de las lunas afectadas y las nuevas lunas ya no los poseen, eliminándose de este modo cualquier posibilidad de vida?

Un nuevo estudio tiene ahora una respuesta para esa pregunta.

El estudio lo ha realizado un equipo internacional encabezado por Marc Neveu, de la Universidad de Maryland en la ciudad estadounidense de College Park.

En el nuevo estudio, los investigadores emplearon dos tipos de simulaciones informáticas. Las de un tipo recreaban la violenta física de un choque cósmico, reproduciendo cómo millones de fragmentos de roca y hielo se fracturan, se calientan y vuelven a aglutinarse. Las simulaciones del otro tipo recreaban la lenta evolución térmica del interior de una luna a lo largo de miles de millones de años, reproduciendo cómo se acumula y escapa el calor del núcleo y hasta qué punto el hielo puede fundirse para formar un océano.

La combinación de estas dos clases de simulaciones digitales permitió a los investigadores seguir la evolución de lunas de dos tamaños (aproximadamente 500 y 1000 kilómetros de radio) tras una colisión con fragmentación y posterior aglomeración de trozos. Luego, el equipo aceleró el paso del tiempo para analizar los 4500 millones de años posteriores a la colisión de cada luna simulada y descubrió que el tamaño de la luna desempeñaba un papel más importante de lo esperado a la hora de determinar las consecuencias del choque.

Neveu y sus colegas descubrieron que, en las lunas más grandes, la energía del impacto se transforma en un calor adicional que puede, de hecho, aumentar el espesor de un océano existente durante un par de miles de millones de años. Las colisiones de este tipo no alteran fundamentalmente la capacidad de estos mundos helados para albergar un océano. Dicho de otro modo, esos grandes choques no son realmente determinantes en lo que respecta a los océanos: si había un océano antes, es probable que lo haya después; y si no lo había, seguramente tampoco lo habrá luego.

Este hallazgo ha sorprendido tanto a Neveu y a sus colegas como a la comunidad científica en general.

Los resultados del estudio son aplicables a toda una familia de mundos reales que la NASA y otras agencias espaciales planean investigar, incluyendo Mimas, Encélado, Tetis, Dione y Rea (lunas de Saturno); Miranda, Ariel, Umbriel, Titania y Oberón (lunas de Urano); y Tritón (una luna de Neptuno).

Una de las lunas de Saturno, Rea, ya había llamado la atención del equipo como posible caso de estudio, ya que sus antiguos cráteres presentan un aspecto extrañamente liso y suavizado, casi como si hubieran sido calentados desde el interior. Habiendo descartado ya que ese aspecto suavizado de los cráteres de Rea se deba a la acción del Sol, la explicación más convincente parece ser esa de una fuente de calor en el subsuelo. Una colisión ocurrida hace mucho tiempo, que impulsó la formación de un océano interior generando el calor necesario para ello, podría explicar por qué Rea presenta ese aspecto.