Desde hace décadas, el consenso científico sobre la intensidad con la que la Tierra reacciona a las tormentas solares ha sido que dicha intensidad tiene un límite superior. Sin embargo, un nuevo y alarmante estudio sugiere que este límite superior es una ilusión. Si, tal como parece, dicho límite no existe, ello significa que las tormentas solares podrían tener efectos mucho peores en nuestra vida cotidiana de lo que se pensaba.
El Sol arroja constantemente material solar al espacio, tanto en un flujo constante conocido como «viento solar» como en ráfagas más cortas, profusas y energéticas, a partir de erupciones solares. Cuando este material solar choca con el entorno magnético de la Tierra (su magnetosfera), a veces crea las llamadas tormentas geomagnéticas. Los efectos de estas tormentas geomagnéticas pueden ser desde leves a extremos, pero en un mundo cada vez más dependiente de la tecnología, tales efectos son cada vez más perjudiciales.
Por ejemplo, una tormenta solar particularmente intensa en 1989 provocó apagones eléctricos en todo Quebec durante 12 horas, dejando a oscuras a millones de canadienses y obligando a cerrar empresas, escuelas y otras entidades. La tormenta solar más intensa registrada, el evento Carrington de 1859, provocó incendios en estaciones telegráficas e impidió el envío de mensajes. Si el evento Carrington se produjera hoy, tendría consecuencias todavía más graves, como cortes muy largos en el suministro de electricidad y en las comunicaciones. Este caos tecnológico podría paralizar las economías y poner en peligro la seguridad de muchas personas.














