La imagen tradicional de las bacterias como simples organismos unicelulares está cambiando radicalmente. En los últimos años, descubrimientos revolucionarios han revelado que muchas bacterias pueden generar y conducir electricidad, abriendo nuevas fronteras en la biotecnología, la energía limpia y la medicina. Esta actividad eléctrica bacteriana, antes subestimada, hoy emerge como un fenómeno clave para entender la vida microbiana… y para explotarla en beneficio de la humanidad.
¿Qué significa que una bacteria sea «eléctrica»?
En términos simples, algunas bacterias pueden transferir electrones fuera de su cuerpo hacia minerales u otros receptores externos. Este proceso, conocido como respiración extracelular, les permite “respirar” óxidos metálicos del mismo modo que los humanos usamos oxígeno.
Entre las bacterias más estudiadas con esta capacidad destacan Geobacter sulfurreducens y Shewanella oneidensis. Estos microbios viven en sedimentos pobres en oxígeno, como los del fondo de lagos o zonas contaminadas, y han desarrollado una habilidad extraordinaria: usan estructuras parecidas a nanocables —llamadas pili conductores— para transferir electricidad a su entorno.
Cómo producen electricidad las bacterias
El mecanismo detrás de esta bioelectricidad es sofisticado. Al metabolizar compuestos orgánicos (como ácidos grasos o azúcares), las bacterias generan electrones. En condiciones anaerobias, donde no hay oxígeno disponible como aceptor de electrones, estas bacterias canalizan esa carga eléctrica hacia minerales como el óxido de hierro o el manganeso.
Lo más fascinante es que esta corriente no es simplemente una descarga química. En algunos casos, como en Geobacter, los electrones viajan a lo largo de filamentos proteicos con una eficiencia comparable a la de algunos materiales semiconductores, desafiando lo que se pensaba posible para un ser vivo.














