Ludwig Van Beethoven compuso su «Novena sinfonía» cuando ya estaba prácticamente sordo, hace 200 años. Tres años antes de su muerte en 1827, este formidable músico alemán crea esta obra maestra como un legado de los ideales que quiere expresar al mundo antes de su partida.

Lejos de lo que muchos puedan pensar, su vida en gran parte fue tortuosa y desequilibrada. Rodeado de abusos, problemas familiares, soledad, enfermedad y, lo que sería su más grande desdicha, una sordera que empeoraba con el pasar del tiempo, y que lo acompañó desde su juventud para el resto de sus días.

Beethoven, que murió a los 56 años de edad, fue un músico tan entregado a su pasión, que a pesar de esta “injusticia de la vida” como él mismo lo llamaba, interiorizó tanto la música que pudo ser capaz de crearla con tan sólo sentir las vibraciones de las ondas sonoras en su cuerpo y la ayuda de metrónomos y partituras. No necesitaba escuchar la música para saber cómo sonaba.

Lo que hizo de su emblemática composición «Novena sinfonía» sea una herencia histórica para el mundo, fue su manera de romper con todos los parámetros musicales de la época, pues en aquel entonces, en los años 1700’s, la música ya tenía patrones y estructuras que esperaban ser seguidas. Eran notas musicales medidas y orientadas a la estética, lo refinado y a lo sistemático.

Decenas de años han pasado y el público la sigue celebrando con igual pasión, como pasó la noche del jueves 10 de agosto en la sala principal del Teatro Nacional Eduardo Brito, que abrió sus puertas la noche del jueves en su 50 aniversario, que en conjunto con la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por José Antonio Molina y un coro de más de 100 voces rememoraron esta legendaria obra del arte clásico.