«Mi padre me llevó al serpentario de Miami y allí vi a Bill Haast, el primer occidental que empezó a inyectarse veneno de serpiente», continúa.
Haast era un entusiasta de las serpientes que creía que el veneno de estos animales tiene propiedades curativas y por eso se lo inyectaba en la sangre.
«Siendo niño la idea me impactó mucho. Dije ¡guau! y me quedé con esa historia», recuerda.
«Y cuando tenía 17 años tuve un momento en que se me iluminó la bombilla y decidí hacer lo mismo que él. Voy a copiarlo», recuerda.
Hoy, Steve lleva casi 30 años inyectándose veneno.
Una colección en casa
Steve tiene su propia colección de serpientes, de las que extrae regularmente su veneno sujetando cuidadosamente la cabeza de los reptiles mientras estos muerden un vaso cubierto con un plástico transparente.
«Es muy doloroso y no le causa dolor a las serpientes», describe Steve.
Estas toxinas destruyen los glóbulos rojos de la sangre y pueden causar daños generalizados en los tejidos y en los órganos.
Las heridas por una sustancia hemotóxica suelen ser dolorosas e incluso cuando se aplica un tratamiento inmediato las personas que las sufren pueden tener daños permanentes o sufrir la amputación del miembro afectado.
También puede ser fatal.
Pero Steve, se inyecta a sí mismo un poco de ese veneno.
Primero Steve se pone el veneno sobre la piel y después utiliza una aguja para romper la piel e introducirlo en su cuerpo.
«No es una sensación agradable. Inmediatamente sientes una quemazón», describe.
¿Qué le pasa al cuerpo?
Utilizando una muestra de su propia sangre, la doctora Weston expone en el programa de televisión qué pasa cuando se mezcla con la hemotoxina.
El líquido se oscurece en cuestión de segundos y empieza a coagularse «como un gel» en algunos puntos.
«Si esta sangre estuviera fluyendo por tu arterias, esencialmente se detendría. Y por eso te mueres», explica.
«Hasta un coágulo pequeño podría ser fatal», dice Weston.
Pero entonces, ¿cómo es que Steve sobrevive al veneno más letal?
Como si estuviera vacunado
«Mi sangre es única porque llevo casi 30 años haciendo esto», dice el entusiasta de las serpientes.
La exposición gradual de Steve al veneno de serpiente ha funcionado de la misma manera que las vacunas funcionan para la mayoría de nosotros, explica la doctora Weston.
Las vacunas nos dan una dosis baja de un virus o una toxina: no la cantidad suficiente como para hacernos daño pero sí como para que nuestros cuerpos puedan aprender a combatirla y así protegernos para el futuro.
Nuestros sistema inmunológico hace esto generando unas células de defensa especializadas llamadas anticuerpos. Cada tipo de anticuerpo tiene una forma única para atacar a un virus o toxina particular.
Cuando Steve se embarcó en estos experimentos empezó con dosis extremadamente pequeñas.
Así que su cuerpo aprendió a reconocer diferentes venenos y a producir anticuerpos específicos para luchar contra cada uno de ellos, explica Weston.














