Ella  es de clase media. Tiene solo 26 años y a duras penas logró hacerse de una carrera universitaria para cumplir con sus padres. En su infancia, no entendía lo que era la discriminación. Le tenía otro nombre. A temprana edad, también sintió las miradas de “arriba abajo” que les echaban algunas madres de sus compañeros de colegio. “Creía que no les caía bien”.

Todo lo podía aguantar porque la niñez no conoce el rencor. Claro, las acciones desfavorables, sí suman peso al sano desarrollo de un niño o una niña. “Yo sola me preguntaba que por qué me rechazaban, si yo era una niña como las demás, un ser humano como todos”. Las lágrimas comenzaron a salir, pero sin impedirle continuar con su relato.

“Fui creciendo y acostumbrándome a estos desplantes que, aunque usted no lo crea, son más comunes de lo que parece. Recuerdo que llegué a ir a cumpleaños de amiguitos y me daban siempre lo peor. Bueno, no siempre, debo decirlo, porque recuerdo a doña Angélica, que siempre me trató con cariño y respeto, igual que a los demás. El caso es que desde chiquita traigo este complejo, que no es infundado”.

No puede contener el llanto porque duró años tratando de ignorar esa realidad.

La joven, que para esperar al equipo de LISTÍN DIARIO se vistió con un pantalón blanco, camisa azul con pequeñitos estampados y unos tenis gris y negro, no quiso fotografías. “No me retraten, hay muchas yo ahí afuera. Soy esa negrita común que puedes encontrar en cualquier esquina”. Se le hizo la observación respecto a que ella misma, con ese comentario, se está discriminando, y su respuesta fue: “No pasa nada si lo hago yo, otros lo han hecho toda la vida sin ser mis dueños, entonces, ¿qué más da?”. Se le respetó su reacción.

Una adolescencia dura

Cuando la dueña de esta historia cumplió sus 15 años, sus padres, como es costumbre en el país, quisieron halagarla celebrando por todo lo alto el acontecimiento. “Yo estaba muy feliz. Invité a un grupo de amigas y amigos, y fueron. La pasamos muy bien, hasta que la madre de una de las chicas hizo un comentario: ‘Oh, pero te ves bonita con esa ropa, ¡y hasta blanca te ves!’. Yo quería morirme”. Respira profundo y sigue: “Y le voy a decir algo, hay padres y madres que son más crueles que los propios muchachos, de hecho, son ellos muchas veces, los que le meten en la cabeza el racismo”. Su rostro muestra lo mucho que esto la marcó, pues lo recuerda con evidente dolor.

El tiempo iba pasando y eran muchas las accio