Durante décadas, la búsqueda de vida más allá de nuestro sistema solar se ha parecido a buscar una aguja en un pajar cósmico. Sin embargo, con telescopios de última generación como el James Webb y los próximos gigantes terrestres, ya no miramos a ciegas. Ya no nos conformamos con encontrar planetas «habitables»; ahora buscamos planetas habitados.

Pero ¿cómo podemos estar absolutamente seguros de que hay biología a billones de kilómetros de distancia sin enviar una sonda? La respuesta está en la atmósfera de los exoplanetas, concretamente en una combinación química tan inestable que solo la vida podría mantener en marcha.

El mito del oxígeno en solitario

Existe un error común, incluso dentro de la divulgación científica, de que detectar oxígeno (O2) en la atmósfera de un exoplaneta es el «santo grial». No es así.

El oxígeno puede producirse en cantidades masivas de forma puramente abiótica (sin vida). Por ejemplo, si la radiación ultravioleta de una estrella divide las moléculas de agua de un océano en hidrógeno y oxígeno, el hidrógeno —más ligero— se escapa al espacio, dejando tras de sí un planeta rico en oxígeno pero completamente estéril. Por lo tanto, el oxígeno por sí solo no es una prueba irrefutable.