Vivo en un quinto piso. Mi apartamento es fresco y el viento, si me descuido, hace travesuras y se mete en cada rincón dejando sus huellas: una lámpara en el piso, unas pinturas descuadradas, los periódicos desparramados… en fin, lo que se le antoje en ese instante. He aprendido a escuchar al viento, a interpretarlo, a entender sus susurros, sus alardes, algunos días sus misterios. Los lunes generalmente viene triste, agotado, como si hubiera trabajado duramente azotando los grandes edificios de mi ciudad. Otros días se cuela discretamente y me envuelve y me habla en el lenguaje de las nubes; esos días son mis favoritos.