En este año que ya termina, este es mi primer viaje. Me hacía falta salir del país. Mi destino: Puerto Rico. Voy con Alexis y Fabiola, pero paso unos días en casa de mi hija Carmen y Guido. ‘Quiero conocer Dowtown Cupey’, digo. Es un complejo para actividades familiares. Abre a las 11:00 de la mañana. Llegamos cerca del mediodía.

Todavía es escaso el movimiento: una familia entra a la pizzería Fogatta, tres jóvenes, en butacas al exterior, están enfrascados en sus celulares. Un niño en patineta va y viene. En este centro, según la hora y día, hay música en vivo o grabada, clases de salsa ¡gratis!, noches de arte… Lo que salta a la vista son los objetos instalados como decoración al aire libre. A uno y otro lado de la entrada un silo de grano, mientras salpicando áreas diversas, entre los tantos ‘adornos’ llaman mi atención una vieja máquina expendedora de Coca Cola, un anuncio patrocinado por el Col.

Collazo de la cerveza India, otro del lubricante Pennzoil, y el montaje de una vieja bomba de gasolina Texaco que, por la época, luce detalles navideños. Contrapuesto a estos históricos elementos, un muñeco redondo de color amarillo chillón. ‘¿Y ese juguete gigantesco? ¡Qué chulo!’, comento a mi nieta Carmelita que nos acompaña. Sonríe ante mi ingenua percepción. ‘Es un bar. De noche se abre y se sirven bebidas’. ¡Vaya, vaya! Y yo aquí a su lado sentada para retratarme…

Es entonces cuando me doy cuenta del cartel: Waka Bar. Se promociona como ‘House o