Las palabras “autismo” o “espectro autista” son términos que seguro hemos escuchado alguna vez al momento de referirse a personas con alguna condición que les afecta el comportamiento, su manera de comunicarse, entre otros síntomas; en este aspecto, a muchos les toca ser espectadores de este mundo coloreado de azul (color con el que se identifica a las personas con autismo), el cual simboliza la calma y la tempestad del mar, mientras otros son sus protagonistas.
Vivir el día a día con personas que padecen de esta condición, la cual los diferencia de los demás y con la que tendrán que vivir por el resto de sus vidas, es un proceso de descubrimiento, de prueba y error, que se basa en las características de las familias a las que les toca vivirlo, a todas de formas diferentes, principalmente a sus padres o cuidadores, a quienes les toca ser en más de una ocasión, terapistas, nutricionistas, maestros y otras profesiones, sin probablemente haber estudiado ninguna.
Según la Organización Mundial de la Salud, “los trastornos del espectro autista son un grupo de afecciones diversas. Se caracterizan por algún grado de dificultad en la interacción social y la comunicación. Otras características que presentan son patrones atípicos de actividad y comportamiento; por ejemplo, dificultad para pasar de una actividad a otra, gran atención a los detalles y reacciones poco habituales a las sensaciones”.














