La capacidad de algunos sistemas de última generación para crear caras falsas, o sea de personas que no existen como tales, pero tan realistas como para que creamos que son fotos de rostros de gente real, abre muchas y fascinantes posibilidades de aplicación práctica, pero también nos hace muy vulnerables al engaño.
Además, la inteligencia artificial es capaz de darle a un rostro muchas características por las cuales inconscientemente juzgamos que una persona es bondadosa y tiene buenas intenciones hacia nosotros, como por ejemplo una sonrisa angelical, además de complementarlo con una belleza física que comprometa nuestra ecuanimidad.
Unos experimentos psicológicos recientes sobre estas cuestiones han tenido resultados sumamente inquietantes.
Sophie Nightingale, de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido, y Hany Farid, de la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, llevaron a cabo experimentos en los cuales los participantes debían distinguir rostros sintéticos, generados mediante el sistema StyleGAN2, de entre rostros de personas verdaderas. Los sujetos de estudio tenían además que evaluar el nivel de confianza que les merecían todas esas personas desconocidas. Sin más elementos de juicio que las caras, la gente tendía a desconfiar de rostros con expresión poco amistosa o con facciones que consideraban inusuales o propias de gente peligrosa o de mala vida.
Los resultados revelaron que los rostros generados sintéticamente resultaban indistinguibles de los rostros reales y que además esos rostros sintéticos era más probable que fuesen juzgados como más fiables, debido a la taimada capacidad del sistema para darle “cara de buena persona” a los individuos inexistentes que creaba y otorgarles rasgos faciales muy normales en vez de inusuales.














