El mantel constituye el punto de partida de toda composición en la mesa. Para algunos representa un elemento de lujo; para otros resulta indispensable. Sin embargo, más allá de las percepciones individuales, ha desempeñado históricamente un papel esencial en el arte de la mesa al conjugar funcionalidad, orden visual y sentido de acogida.

Su origen no estuvo vinculado a la ornamentación, sino a una necesidad eminentemente práctica. En la Antigüedad, particularmente en las culturas griega y romana, su función era fundamentalmente higiénica. Las comidas se realizaban sobre superficies de piedra o madera y se recurría a pequeños paños o telas para proteger determinadas zonas o limpiar las manos, lejos de cualquier intención estética.