En la historia de la ciencia, hay nombres que resuenan por un solo descubrimiento fortuito. Otros, como el de Donald J. Cram (1919–2001), se inscriben en el panteón de los grandes por haber enseñado al ser humano a «pensar en tres dimensiones».
Premio Nobel de Química en 1987, Cram no solo aisló moléculas; las diseñó como un arquitecto, sentando las bases de la química supramolecular.
De las Dificultades de la Gran Depresión a los Laboratorios de Élite
Donald James Cram nació en Vermont en 1919. Su infancia no fue un camino de rosas: su padre falleció cuando él tenía solo cuatro años, lo que le obligó a trabajar desde muy joven para ayudar a su familia. Sin embargo, esta resiliencia forjó un carácter pragmático que más tarde trasladaría a su metodología científica.
Tras pasar por la Universidad de Nebraska y Harvard, Cram se estableció en la UCLA, donde pasaría la mayor parte de su carrera. Allí, su enfoque no era meramente reactivo, sino estructural.














