Los agujeros negros son probablemente los cuerpos celestes más enigmáticos del universo. Aunque son más conocidos por engullir su entorno en un pozo gravitatorio del que nada puede escapar, también pueden disparar potentes chorros de partículas cargadas, dando lugar a estallidos de rayos gamma que pueden liberar más energía en cuestión de segundos que la que emitirá nuestro Sol en toda su vida. Para que se produzca un acontecimiento tan espectacular, un agujero negro debe tener un potente campo magnético. Sin embargo, la procedencia de este magnetismo ha venido siendo un misterio.

 

El esclarecimiento de este misterio llega ahora gracias a un estudio realizado por un equipo que encabeza Ore Gottlieb, del Centro de Astrofísica Computacional en el Instituto Flatiron, adscrito a la Fundación Simons de Estados Unidos.

 

Utilizando cálculos sobre la formación de agujeros negros, estos científicos han descubierto finalmente que el origen de los campos magnéticos de los agujeros negros está en las propias estrellas de cuyos cadáveres ultradensos se forman.

 

La idea sobre este origen resulta obvia y no son nuevas las teorías que la han tenido en cuenta, pero la cuestión no es tan fácil como suena. A simple vista, puede parecer que, sencillamente, los campos magnéticos de las estrellas que se derrumban sobre sí mismas también se contraen y que durante este proceso tales líneas de campo magnético se hacen más fuertes a medida que se comprimen, por lo que la densidad de los campos magnéticos se hace mayor.

 

El problema de esa explicación es que el fuerte magnetismo de la estrella hace que esta pierda su rotación. Y sin una rotación rápida, un agujero negro recién nacido no puede formar su disco de acreción (el flujo de gas, plasma, polvo y partículas alrededor de un agujero negro) y no podría producir los chorros y estallidos de rayos gamma que se observan.

 

Parece pues un caso de exclusión mutua. Para que se formen chorros, se necesitan dos cosas: un campo magnético fuerte y un disco de acreción. Pero un campo magnético adquirido por tal compresión no contará con un disco de acreción, y si se reduce el magnetismo hasta el punto en que puede formarse el disco, entonces el magnetismo no es lo suficientemente fuerte como para producir los chorros.