Escuchar las dos campanas siempre es la mejor vía para usted creer en una u otra versión de los hechos. Pero, aun teniendo acceso solo a una de las dos, nunca es bueno juzgar a los demás. Con la historia de Carlos Manuel López Álvarez pasó esto. Sólo se tiene su verdad. El dueño de la otra parte, ya falleció.

Pero no visitó LISTÍN DIARIO para que lo juzguen de nuevo. Si pagó siendo inocente, ante Dios dará cuenta por ello el amigo que dice él que lo traicionó, y si en realidad lo hizo, pues ya saldó su cuenta. El caso es que de ser un prisionero pasó a ser un misionero. Hoy le sirve a la iglesia, de manera especial, a los privados de libertad de Haras Nacionales. Pertenece a la hermandad de Emaús Hombres.

Precisamente, fue en ese centro, antes vacacional, hoy correccional, donde López Álvarez cumplió la mitad de su pena. Salió antes por buena conducta. “Ahí todo el mundo me quería porque me dediqué a trabajar todo lo que tenía que ver con madera, yo lo hacía. Siempre colaboré con lo que me pedía”. Su oficio de ebanista lo ayudó a levantar obras que ameritaban de su experiencia.

Ahora apenas puede hacer trabajitos para sobrevivir. Fue operado de glaucoma de su ojo derecho, y el izquierdo cada día se “apaga” más, como él mismo dice. Necesita con urgencia una cirugía, pero no tiene los recursos para someterse a ella, como tampoco para tener una vida digna. “Yo vivo de una tarjeta de 1,600 pesos que me da el Gobierno, de la ayuda de los vecinos y la gente de la iglesia, y de