La historia de Cristian Amaurys Báez Ortiz está pintada con el color de la perseverancia. Vivía en una comunidad inhóspita de San Cristóbal. Hoyo Prieto, para ser específico. No sabía lo que era la luz eléctrica y mucho menos lo que significaba la modernidad. Veía su miseria como algo “normal”. Empero, tenía una visión muy clara: hacerse profesional.

Su escuela quedaba en una loma. Tan lejos como estaban las posibilidades de que se cumpliera su sueño. Pero sus deseos de llegar a una universidad junto a su inteligencia y dedicación lo llevaron a ir acercándose poco a poco a lo que anhelaba. Estudiar en el Instituto Tecnológico de las Américas (Itla) no era precisamente lo que buscaba. No tenía predilección por ninguna universidad, solo por una carrera que le permitiera salir de la pobreza en que vivía, ayudar a su familia y echar hacia delante. Tecnología multimedia fue la que estudió y que hoy desempeña ocupando un buen puesto en una empresa privada.

Así comenzó su “viaje” hacia el conocimiento

¿Qué pasó Cristian antes de lograr hacerse profesional? Él da respuesta a esta pregunta y la verdad que hasta ponerse en su lugar conmueve. “En cuanto a mi experiencia universitaria puedo decir que tal vez hay poca gente que haya pasado lo que yo pasé para poder estudiar. Pero voy a contarles primero sobre mi experiencia en el Itla. Cuando me enteré a través de un primo que esta institución daría unas becas a un grupo de estudiantes meritorios, no lo dudé, hice mis gestiones para venir a la Capital”. Hasta aquí todo está bien.

No bien conoce esta buena nueva cuando de inmediato anuncian que, por razones de cambio de autoridades, la subvención que tenía el referido centro de estudios superiores había sido retirada y ya no procedía la entrega de esas becas como estaba estipulado. De 1,300 sólo darían 600. “Me desanimo, pero no me quedo conforme, y continúo mi búsqueda”. Es un joven optimista y decidido.

“Investigo todo, aplico, y espero que me respondan porque me darían alojamiento y eso era un sueño hecho realidad porque no tenía donde quedarme en la ciudad”. Al contarlo se le ve ilusionado como si lo viviera de nuevo. Dejó su trabajo en San Cristóbal y vendió el motor que tenía porque daba por hecho que entraría al Itla, donde al llegar recibió un buen trato.

“Cuando me buscan a ver si estoy dentro de los escogidos según la lista de espera, no estaba. Me confundí con el correo que recibí. Se me cayó el alma, pero no me di por vencido. Les expliqué que venía desde San Cristóbal, no podía volver para allá, sin el poco dinero que tenía y con las ilusiones rotas”. En este momento flaqueó, pero no lloró porque más peso tiene lo logrado que el trabajo que pasó para hacerse profesional.

“No había sitio para mí”

“Pero me quedé ahí con mi maletica. Con el dinero del motor, que no era mucho, había comprado alguna ropa para ‘instalarme’ allá donde iba a vivir y a estudiar, y me quedaba algo solo para manejarme los primeros días. Es feo decirlo, pero lo que yo daba era pena, y esa pena fue la que hizo que me dejaran dormir allá por una noche porque ya no podía volver atrás para San Cristóbal ese día”. En este momento se pone melancólico como si estuviera viviendo de nuev