Todos conocemos a alguien que jura que el mundo gira a su alrededor: nunca pierde, necesita ser el más capaz, el más importante en cualquier sala… Lo llamamos arrogante, engreído o insoportable. Lo que pocas veces consideramos es la diferencia entre su personalidad y una posible señal de alerta.
En psicología, el ego no es un diagnóstico. Es simplemente la idea que cada persona tiene de sí misma: quién es, cuánto vale y de qué es capaz. Las ínfulas de grandeza se dejan ver por fuera, en la forma de hablar, actuar y tratar a los demás.
La grandiosidad, en cambio, sí puede convertirse en síntoma: aparece cuando esa autoimagen se infla tanto que ya no se corresponde con la realidad.
En ese punto, ya no se trata de alguien seguro de sí mismo o egocéntrico, sino de una distorsión de cómo esa persona se percibe a sí misma. Lo que distingue a un simple rasgo de carácter de un síntoma real es la rigidez de ese esquema, su función y el daño que causa a los demás.














