Durante decenas de millones de años, América del Sur funcionó como un «continente isla». Tras la fragmentación del supercontinente Gondwana, la masa continental del sur quedó aislada por vastos océanos. En este confinamiento geográfico floreció una de las faunas de mamíferos más extravagantes y singulares de la historia de la Tierra: ungulados nativos únicos como los litopternos y notoungulados, perezosos terrestres gigantescos, gliptodontes blindados y feroces marsupiales carnívoros.

Sin embargo, a finales del Plioceno, hace aproximadamente entre 2,7 y 3 millones de años, la tectónica de placas completó un hito geológico decisivo: el levantamiento del istmo de Panamá. Este estrecho corredor terrestre unió América del Norte y América del Sur, cerrando la comunicación marina entre el Atlántico y el Pacífico y abriendo una autopista biológica sin precedentes. Este evento, conocido por la paleontología como el Gran Intercambio Biótico Americano (GABI), alteró para siempre el ecosistema sudamericano.

La llegada de los migrantes del norte: La invasión placentaria

La apertura de la masa continental panameña permitió la entrada masiva de mamíferos placentarios procedentes de América del Norte. Estos grupos traían consigo adaptaciones evolutivas forjadas en los extensos y competitivos biomas del hemisferio norte (Laurasia).

Entre los inmigrantes del norte que cruzaron hacia el sur destacaron:

-Carnívoros eutherios: Félidos (como los dientes de sable Smilodon y los antepasados del jaguar), cánidos (lobos, zorros), osos y osos lavadores (Procyonidae).

-Ungulados modernos: Cérvidos, camélidos (ancestros de las llamas y guanacos), tapires y caballos extintos (Hippidion).

-Proboscídeos: Gomfoterios, parientes extintos de los elefantes actuales dotados de grandes defensas.

-Pequeños mamíferos: Diversos roedores cricétidos y lagomorfos (conejos).

Esta incursión transformó drásticamente la estructura de las comunidades ecológicas locales, redefiniendo las cadenas tróficas del continente.