Hace más de una década que se cultivan organoides (pequeños grupos de células que reproducen la estructura básica de un órgano específico) para que sirvan como modelos biológicos en miniatura de tales órganos. Los organoides cerebrales se han utilizado para estudiar trastornos del neurodesarrollo; los intestinales, para investigar la enfermedad celíaca; y los pulmonares, para estudiar la COVID. Incluso se han enviado organoides cardíacos al espacio para profundizar en los efectos de la microgravedad sobre el músculo cardíaco. Pero existe un problema que hasta ahora parecía insalvable: los organoides no pueden crecer más allá de unos 3 milímetros de diámetro.
A diferencia del tejido vivo del cuerpo, los organoides carecen de un sistema de vasos sanguíneos que transporte oxígeno y nutrientes a cada célula. Más allá de unos 3 milímetros de diámetro, un organoide ya no puede autoabastecerse absorbiendo recursos directamente de su entorno.
Cuando los organoides alcanzan cierto tamaño, comienzan a morir por dentro porque no pueden transportar oxígeno y nutrientes al centro.
Ahora, unos científicos han conseguido cultivar organoides de corazón y de hígado repletos de diminutos vasos sanguíneos, lo que potencialmente les permite superar el citado límite de tamaño.
El logro es obra de un equipo integrado, entre otros, por Oscar Abilez y Joseph Wu, de la Universidad de Stanford en Estados Unidos.














