Este último, más pequeño que la Tierra y el planeta más cercano al Sol, probablemente comenzó a enfriarse muy pronto: cuando tan solo habían transcurrido unos mil millones de años tras su formación, la actividad volcánica de Mercurio cesó y se formó una capa rocosa sólida y continua en su superficie.

La corteza terrestre, en cambio, sigue en constante movimiento: el vulcanismo y la tectónica de placas remueven continuamente partes de la corteza terrestre.

Aún no se sabe con exactitud cómo fue el singular pasado volcánico de Mercurio ni cómo influyó en su apariencia actual. Sin embargo, los investigadores pueden obtener pistas importantes sobre ambas cosas a partir de la composición de su superficie.

En un nuevo estudio, unos científicos del Instituto Max Planck de Investigación del Sistema Solar y las universidades de Münster y Gotinga, en Alemania las tres instituciones, se ha determinado la proporción de dióxido de silicio en la superficie de Mercurio con mayor precisión que nunca antes. El estudio revela una sorpresa: con una fracción de masa de aproximadamente el 37%, el dióxido de silicio en Mercurio es hasta un 25% menos abundante de lo que se creía. En la Tierra, sin embargo, este compuesto, formado por un átomo de silicio y dos de oxígeno, es prácticamente omnipresente: en su forma pura como arena y en grandes cantidades en todas las rocas volcánicas, como el basalto, la andesita y el granito, que contienen hasta un 75% de dióxido de silicio.