La definición actual del autismo dirá que se trata de “un trastorno del neurodesarrollo que se caracteriza por dificultades en la comunicación social y una serie de intereses restringidos”. Para una madre o padre de un niño con autismo, esta definición incluye la infinita escala de matices de su experiencia propia. “Yo siempre explico que hay que aprender a ver al niño o a la niña, primero con una personalidad o una forma de ser como tenemos todos, y después está su autismo, que puede variar mucho”, explica Miriam. “Hay que ver mucho más allá de la etiqueta del autismo porque detrás hay un niño que es único”.

Para los menores con autismo, las palabras son solo una sucesión de letras alineadas que carecen de valor simbólico. Así, la palabra gato no simboliza al animal que dice miau, al que le gusta arañar y que, dicen, puede vivir siete vidas. La palabra gato, sin su valor simbólico, es solo una fila de consonante, vocal, consonante, vocal: g-a-t-o. De ahí que les resulte esencial una imagen que actúe como puente sobre el que cruzar desde la palabra hasta la idea que representa.

“Cuando llegó el diagnóstico de mi primo, los expertos nos dijeron que los niños con autismo son aprendices visuales: necesitan imágenes y pictogramas para aprender”, cuenta Miriam. “En ese momento yo estaba estudiando arquitectura y el pensamiento visual era algo que yo ejercitaba en mi día a día. Que él lo llevara de serie me pareció algo fascinante. Decidimos adaptar lo que él necesitaba para que aprendiera y evolucionara como el resto de los niños”.

Millones de familias unidas por la misma necesidad

Un tiempo después, Miriam dejó el prestigioso estudio de arquitectura suizo en el que trabajaba y se fue a Sevilla donde conoció a Amélie Mariage, cofundadora de Aprendices Visuales. Juntas crearon el cuento El calzoncillo de José, para ayudarle en ese momento vital que supone abandonar el pañal. Tras el éxito con José colgaron el cuento en Internet y… ¡pum!, empezó la aventura: “Enseguida nos escribieron de todos los rincones del mundo para darnos las gracias por haber compartido el cuento, ya que muchas familias apenas encontraban material adaptado a pictogramas para poder trabajar con sus hijos”.

Para Amélie, Miriam y su entorno aquello fue como abrir una caja de Pandora universal: “En ese momento nos dimos cuenta de la demanda social que existía. Pasamos de mirarnos a nosotros como familia, como núcleo independiente, y de tener la sensación de estar solos a… ¡guau!, hay un montón de familias allí afuera que tienen la misma necesidad que la nuestra”.

“Fuimos por asociaciones visitando familias para ver cuáles eran sus necesidades”. Y en esa búsqueda, en ese nuevo camino de pictogramas y baldosas amarillas, empezó Aprendices Visuales. “Pensamos: si nadie está haciendo cuentos con pictogramas no pasa nada, nos ponemos mano a la obra y lo hacemos nosotras”.

De las demandas que encontraron entre los niños y sus familias salieron dos colecciones de cuentos: la que llamaron Aprende, para niños más pequeñitos en un momento más inicial de aprendizaje de gestos clave, como las emociones o las habilidades sociales; y la colección Disfruta, más enfocada a la diversión y el entretenimiento, pero siempre con el apoyo visual de los pictogramas. Crearon todos los cuentos de forma digital con una licencia abierta, disponibles para todo el mundo en Internet. A día de hoy están traducidos a cinco idiomas, se han complementado con aplicaciones interactivas y sus materiales son utilizados por más de un millón de niños en todo el mundo.

La teoría de la rampa

Cuenta Miriam que otro de los momentos clave fue cuando empezaron a escribirles profesionales y familias de niños y niñas que no tenían autismo. “Nos dimos cuenta de que lo que servía para niños con autismo estaba sirviendo también para el conjunto”, explica.

Entonces Miriam despliega su maravillosa teoría de la rampa: “Yo siempre explico que las rampas de acceso al edificio se diseñaron originalmente para alguien con dificultad motora o silla de ruedas, pero al final, todos subimos por rampa y, muchas veces, subimos más rápido que por una escalera”. Y con esa idea, dieron el salto a la siguiente rama de su proyecto, las Escuelas Visuales: “Utilizamos todas las herramientas visuales para crear esas rampas, para que el niño que tenga una necesidad específica pueda subir y que el resto también pueda ir más rápido en el aprendizaje”.