— ¿Qué pasaría si siguiéramos practicando y consumiendo la moda rápida? ¿Qué ves de aquí a diez años?
— “Yo veo vertederos llenos de ropa producto del consumismo”, responde la joven creadora de nuevas prendas. “Existen marcas que no regalan su ropa y por cuestiones de exclusividad las queman”.
Hace unos cuatro años que Estela Heyaime, emprendedora y diseñadora de moda, conoció el impacto que tienen los textiles en el planeta mientras estudiaba moda en la escuela de Chavón. Una de sus preocupaciones es que las prendas desechadas terminarán en vertederos o, peor, en vertederos improvisados y exclusivos para fibras.
Detrás del populoso mercado de la pulga de Hato Mayor, entre hierbajos y una edificación abandonada, hay miles de prendas desechadas por los compradores y vendedores, cuyo cúmulo se ha ido incrementando en los últimos meses.
Son alrededor de 300 los vendedores de calzados, bultos, ropa y accesorios usados que se reúnen en este terreno de camino a Sabana de la Mar para vender ropa, “mayormente proveniente de Estados Unidos”.
Luego de la celebración del mercado cada lunes y sábado, los residuos textiles son echados por algunos de los mercaderes en la parte de atrás del lugar, espacio que no se ve hasta que se adentra al solar.














