Cuando se habla del Clásico Mundial de Béisbol, y en especial del equipo de la República Dominicana, la conversación suele ir de estrellas multimillonarias y lujos que acompañan a esos nombres estelares de Grandes Ligas.
Pero esa imagen se transforma por completo cuando esos mismos peloteros se ponen la franela tricolor. Lo que queda no es dinero ni fama, sino una hermandad que trasciende las cuentas de banco y las estadísticas deportivas.














